martes, 15 de octubre de 2019

*ética y doctrinas filosóficas para Unamuno son establecidas o forjadas a posteriori de nuestros actos como el prospecto doctrinal escrito para justificarlos. Obvia que en el hombre la razón y su rigor discernidora del por qué hace lo que hace es la misma en una situación que en otra, así lo es también en el ámbito religioso cuyos actos no buscan ser justificados por la doctrina sino en el amor a Dios y al prójimo. No cabe hipnosis de doctrina moral en el navío de la vida hacia Dios, puesto que una idea y su fuerza en el ámbito dogmático cristiano no es a posteriori de la conducta sino que su justo principio ya va intrínseco en la ética de propia ley natural y reforzada con la nueva moral enseñada por el propio Jesús en su vida terrenal. Las ideas de la doctrina cristiana no son incontrovertible ni fanáticas o por decepcionante inductoras a moral baja; sino que estan imbuídas, leídas y traducidas en el amor de corazón y de pensamiento hacia Dios y su fuerza de acción remando en la libertad y la voluntad, afinada su razón cristiana con el rigor de la inteligencia, por tanto no es una conducta dogmática por la que el temor al infierno, o la desesperación o cualquier otro pretexto, lo que le lleva a actuar al cristiano, pues su cimbreado humano lleva el refuerzo de la espiritualidad puesta en Dios, y su fe para ello no necesita inventarse otra justificación doctrinal como cayado a sus actos. Así pues la doctrina cristiana nunca es un pretexto para actuar, sino un sentimiento puro y cristalino salido del espíritu. El mismo Jesús obró en sábado para curar a un enfermo, la caridad de Jesús obró y no se atuvo a la doctrina del sabbath, pero esta práctica más que ser una prueba a tal teoría judía es la manifestación de dicha razón cristiana y su rigor discernidor de solidaridd para con el prójimo. La conducta si actúa desde la pureza del espíritu, no necesita el sometimiento a prueba moral, ni se le presenta la intercidumbre, porque cabeza y corazón en el cristiano son pilares sostenidos por el cuerpo de Cristo y por lo tanto no entran en conflicto de dudas en sus actos, ni estos crean a la fe sino que la fe es un don que abre el corazón a Dios, como dadivoso don fue su mente privilegiada y como tal le permitió analizar el mundo de la razón intelectual a la que le pongo tan sólo un pero: su contrarazón a lo católico hasta el punto de aplaudir aquel que dijo que basta con beber agua bendita para ser capturado por el cristianismo. La afirmación de Unamuno que es el mártir el que hace la fe y no la fe al mártir, es una tesis por la que despoja de la vida del mártir el objetivo que le ha marcado tal virtud de santidad, su fe en Dios. ¿Hubiese llegado Unamuno a rector sin su fe puesta en la preparación y el conocimiento? Dios no es una idea con visa a resolverse en acción y con posibles lecturas diferentes para los hombres; por tanto no son las ideas dogmáticas las que fundamentan y salvan al cristiano sino Dios mismo y su chispa espiritual como llama de la vida, pues para los cristianos, que es la religiosidad que trata en su ensayo, es el Principio antes de toda idea, es Creador del verbo. El Dios-Padre cuyo Hijo, Jesús, encarnado en la Virgen por el Espíritu Santo, es enviado para reinstaurar en la eternidad su obra salvada con su muerte. La fe en Dios para el cristiano es el sostén de su fuerza, pero tanto para el de naturaleza estoica como al de naturaleza más vulnerable, en los avatares de la vida y sus actos porque es su Espíritu el que le inspira ante el pozo de las dudas en su destino final, y como fuente espiritual bebe de ella para actuar en el bien y no en el mal y no, como Unamuno escribe dándole la medalla de la honorabilidad al hombre, porque éste actúa por el soporte de los códigos morales y si acaso no los tuviere otros que se inventara el hombre. La doctrina dogmática son señales a respetar en el camino de la religión, pero lo que sella la exclusividad para ganar la vida eterna es el sentir el latido de Dios en tu corazón y en ello va el amor que todo hijo siente por su padre y por lo que el Padre y por encima de todo le catapulta junto a Él en su eternidad; y así obraba Jesus cuando curaba en sabbath, cuando conversaba o entraba en casa de un pagano, cuando salvaba a la adúltera de los apedreos... Trata de excluír su desesperanza ante su angustia trágica del pesimismo mefistofélico que desea que todo lo que nace merece hundirse, porque su desesperanza, la de Unamuno, grita, protesta y se defiende, es individualismo-socialismo, pero... ¿él grita como el león en la selva o grita en este ensayo afirmando que es una monstruosidad el principio Trinitario de la iglesia católica? Y eso no es pesimismo, ni desesperanza, ni temor... eso se llama herejía que se halla en la misma categoría de valor pesimista que el de Mefistófeles sacado del campo de la literatura de Goethe para convertirse en idea contra la religión católica. Unamuno pone los principios de la doctrina católica en los hilos la razón literaria, en donde se crean las ideas, las narraciones, los personajes mitológicos humanos y a la vez dioses. Su razón sólo admite un Dios humano y no alcanza a creer en el Dios cristiano porque la humanidad de Jesús, a diferencia de sus dioses mitológicos cuyos atributos son dados por los dioses, en Jesús no es tal, porque es Dios mismo junto con el Padre y el Espíritu Santo: Dios Uno y Trino; su mente tan cualificada no sabe salir del mundo no ya de la razón pura que puede llegar a entender la espiritualidad y su abstracción, sino de su razón literaria en pos de sus ideas, qué grandeza la enseñanza de Jesús cuando dijo bienaventurados los pobres de espíritus porque de ellos es el reino de los cielos, ante el egocentrismo humano que aparta la espiritualidad en el hombre y su capacidad de acercarse a Jesús-Dios.